El queso es adictivo

¿Por qué el queso nos hace sentir bien?
Ciencia, placer y algo más.

¿Es el queso adictivo? La verdad sobre el placer que sentimos al comerlo.

Muchas personas se preguntan si el queso es adictivo y si esa sensación de placer tiene realmente una base científica.

Y es que… ocurre cuando cortamos un trozo de queso y lo llevamos a la boca. No es solo sabor. No es solo textura. Es una sensación difícil de explicar: calma, satisfacción, bienestar, alegría, placer.

Y no, no es imaginación.

Durante la digestión de la caseína -la principal proteína de la leche- se liberan pequeños fragmentos llamados casomorfinas. Son péptidos bioactivos que pueden interactuar de forma leve con los receptores opioides de nuestro organismo.

Pero no, no te alarmes, esa interacción no convierte al queso en una droga ni genera dependencia clínica, pero sí ayuda a explicar por qué nos resulta tan reconfortante.

Nuestro cerebro está programado para premiar los alimentos que aportan nutrientes valiosos.

El queso, rico en proteína completa, grasa natural y micronutrientes esenciales, activa el sistema de recompensa porque representa energía estable y saciedad real. El placer que sentimos no es casual: es biología.

El queso es adictivo explicación científica del sistema de recompensa cerebral
Queso azul artesano El Cabriteru compartido en mesa asturiana con sidra

El queso no solo actúa a nivel molecular. Actúa en la memoria, en el ritual de cortar, en el aroma que anticipa el sabor, en la mesa compartida.

La felicidad que asociamos a un buen queso es también cultural y emocional. Forma parte de nuestra historia como alimento ancestral, fruto de la fermentación y del cuidado paciente.

¿El queso es adictivo?

No, el queso no es adictivo. O, al menos, no lo es en el sentido médico del término, pues no funciona como un opiáceo farmacológico. La intensidad y el alcance no son comparables: no genera tolerancia progresiva ni síndrome de abstinencia.

Lo que sí hace es combinar grasa, proteína y sal en un equilibrio perfecto que resulta altamente satisfactorio. Y cuando algo satisface de verdad, el cerebro lo recuerda.

El queso no nos engancha. Nos recompensa.

Quizá la pregunta no sea si el queso es adictivo.
Quizá la pregunta sea por qué nos cuesta tanto aceptar que un alimento pueda ser nutritivo y placentero al mismo tiempo.

Y, tal vez, ahí está la clave: no se trata de justificar el placer por comer algo, sino de comprender el motivo.

¿Qué son las casomorfinas?

Cuando comemos queso, la digestión no solo “rompe” la proteína para absorberla. La caseína -que representa aproximadamente el 80 % de la proteína de la leche- se fragmenta en pequeños péptidos. Algunos de esos fragmentos reciben el nombre de β-casomorfinas. Se llaman así porque su estructura molecular les permite unirse, de forma leve, a los mismos receptores del organismo que activan las endorfinas naturales. Esos receptores forman parte del sistema opioide endógeno, un sistema que el propio cuerpo utiliza para regular el dolor, el estrés y la sensación de bienestar. En adultos sanos, la mayoría de estas moléculas actúan principalmente a nivel intestinal y se degradan antes de producir efectos sistémicos significativos. Pero su interacción local y su posible influencia en el eje intestino-cerebro ayudan a explicar por qué ciertos alimentos ricos en caseína resultan especialmente reconfortantes. Además, el intestino no es un simple tubo digestivo. Es un órgano con millones de neuronas, conectado directamente con el cerebro a través del nervio vago. Cuando hablamos de placer al comer, no todo ocurre “en la cabeza”. Parte de esa sensación comienza en el propio sistema digestivo. Por eso el queso no nos produce un subidón artificial, sino una sensación más estable y profunda de satisfacción.
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El queso: un alimento placentero pero lleno de nutrientes

Cuando hablamos de queso como fuente de placer, conviene añadir algo importante: no estamos hablando de un alimento vacío.

Como vimos en Beneficios del queso: por qué es bueno comer queso: el queso es una de las formas más concentradas y biodisponibles de proteína completa. Contiene todos los aminoácidos esenciales, aquellos que el cuerpo no puede fabricar y necesita obtener a través de la dieta. Además, su grasa no es simplemente “energía”: transporta vitaminas liposolubles como la A y la K2, y facilita la absorción de minerales como el calcio y el fósforo.

La fermentación -ese proceso lento y casi mágico que transforma la leche en queso- no solo aporta sabor. Modifica la matriz del alimento, mejora la digestibilidad y genera compuestos bioactivos. Por eso el efecto metabólico del queso no es equivalente al de la grasa aislada ni al de un producto ultraprocesado con el mismo número de calorías.

Aquí entra un punto interesante desde el punto de vista de la saciedad.

Un alimento rico en proteína y grasa natural produce una respuesta más estable de glucosa e insulina. Eso se traduce en mayor sensación de plenitud y menor necesidad de picoteo constante. A veces confundimos “antojo” con falta de saciedad real. Y el queso, en cantidades razonables, puede formar parte de una alimentación equilibrada precisamente porque satisface.

El queso es un alimento intenso que pide medida

Hay que decirlo con honestidad: el queso es un alimento denso en energía. No es ligero. No es neutro. Y no pretende serlo. Su riqueza nutricional viene acompañada de densidad calórica. Como casi todo lo valioso, requiere contexto y medida.

Comparación nutricional entre queso y snacks con calorías similares

 Una ración habitual de queso -unos 30-40 gramos- aporta aproximadamente 120-160 kcal junto con proteína completa, grasa natural y minerales como el calcio. Esa misma energía puede encontrarse en tres o cuatro galletas o en un pequeño puñado de patatas fritas industriales. Las calorías pueden parecer similares. La calidad nutricional y la capacidad de saciar, no.

El queso concentra nutrientes y produce mayor sensación de plenitud. No genera picos rápidos de glucosa ni hambre inmediata. Por eso, más que contar calorías aisladas, conviene observar qué aportan y cómo influyen en nuestro apetito después.

Durante siglos, el queso fue una forma inteligente de conservar la leche, de concentrar nutrientes, de garantizar proteína en épocas difíciles. No era un capricho. Era supervivencia. Hoy lo comemos por placer, sí. Pero su base sigue siendo la misma: densidad nutricional real.

Y ahí es donde, como queseros, nos gusta detenernos.

En la Quesería de El Cabriteru elaboramos queso artesano con leche cruda, respetando la materia prima y el tiempo. No creemos en demonizar alimentos ni en convertirlos en superalimentos milagro. Creemos en comprenderlos. En saber qué aportan, cómo funcionan y por qué forman parte de nuestra historia.

Un buen queso no es una sustancia misteriosa que nos manipula.
Es un alimento ancestral que nuestro cuerpo reconoce y agradece.

Y cuando algo es nutritivo, bien elaborado y compartido en buena compañía, el placer no necesita justificación.

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